Durante los últimos tres años, la conversación sobre Inteligencia Artificial ha estado dominada por una pregunta: ¿qué empleos desaparecerán?
Sospecho que estamos observando el fenómeno equivocado.
La verdadera transformación está ocurriendo en algo mucho más profundo que el mercado laboral: la forma en que las personas piensan, analizan y construyen conocimiento.
Por primera vez disponemos de sistemas capaces de participar en tareas que considerábamos exclusivamente humanas: redactar informes, formular estrategias, resumir literatura científica, proponer hipótesis, estructurar proyectos y responder preguntas complejas, en cuestión de segundos.
La discusión pública ha recibido la Inteligencia Artificial, con razón, principalmente en términos de productividad. No es para menos: estas herramientas son extraordinarias.
Pero existe una pregunta que aún no estamos formulando con suficiente interes:
¿Qué ocurre cuando dejamos de ejercitar las capacidades intelectuales que estas herramientas comienzan a realizar por nosotros?
Los computadores ampliaron nuestras capacidades de procesamiento y almacenamiento de información. La Inteligencia Artificial, está ampliando —y en algunos casos sustituyendo— nuestros procesos cognitivos. Una diferencia significativa.
No estamos hablando únicamente de automatizar tareas repetitivas. Estamos hablando de externalizar actividades como:
- sintetizar información;
- construir argumentos;
- formular estrategias;
- identificar relaciones entre conceptos;
- evaluar alternativas;
- estructurar conocimiento.
Y, como ocurre con cualquier capacidad que deja de ejercitarse, es razonable preguntarse si existirán consecuencias de largo plazo.
Así como el GPS modificó nuestra relación con el espacio, los motores de búsqueda transformaron nuestra relación con el conocimiento y las redes sociales alteraron nuestra relación con la atención, la Inteligencia Artificial está transformando nuestra relación con el pensamiento.
Sería absurdo argumentar contra la IA, una de las herramientas más importantes desarrolladas por nuestra especie. La pregunta es otra:
¿Cómo colaboraremos con sistemas cada vez más inteligentes sin renunciar a nuestra capacidad de análisis, juicio y reflexión?
Esta discusión resulta especialmente relevante para universidades, centros tecnológicos y organizaciones dedicadas a la innovación.
Estamos formando investigadores y emprendedores que dispondrán de asistentes cognitivos durante toda su vida profesional. Sin embargo, todavía sabemos muy poco sobre cómo esta interacción afectará la manera en que aprenden, toman decisiones y construyen conocimiento. ¿Seguirán desarrollando las mismas capacidades analíticas? ¿Mejorarán? ¿Se transformarán?
¿O comenzarán, progresivamente, a depender de sistemas probabilísticos para actividades que históricamente definieron el trabajo intelectual?
No tengo una respuesta definitiva, pero sospecho que, durante la próxima década, una de las preguntas más importantes para la ciencia, la educación y la innovación no será cuánto más inteligente puede llegar a ser la Inteligencia Artificial.
Será algo mucho más incómodo:
¿Qué tan dependientes nos estamos volviendo de ella?
Porque tal vez el principal desafío de la IA no consista en construir máquinas capaces de pensar como humanos.
Tal vez consista en asegurar que los humanos continúen pensando mientras trabajan con ellas.
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