Cuando la inteligencia deja de ser escasa

En 1971, Herbert Simon escribió una frase que, más de cincuenta años después, parece haber adquirido una relevancia inesperada:

«Una abundancia de información crea una pobreza de atención.»

Simon dedicó gran parte de su trabajo a comprender cómo las personas toman decisiones en contextos complejos. En una época en que el acceso a la información era limitado, ya advertía que el verdadero desafío no sería producir más información, sino desarrollar la capacidad para procesarla y utilizarla de manera efectiva.

Durante décadas, esa idea fue adquiriendo cada vez más sentido. Internet multiplicó el acceso al conocimiento, los motores de búsqueda hicieron posible encontrar información en segundos y las redes sociales transformaron profundamente nuestra relación con los contenidos. Poco a poco, la información dejó de ser un recurso escaso y comenzó a convertirse en una abundancia difícil de gestionar.

Sin embargo, tengo la impresión de que hoy estamos entrando en una etapa diferente. Vivimos en un escenario que probablemente supera cualquier cosa que Herbert Simon hubiera podido imaginar. No solo tenemos acceso a cantidades prácticamente infinitas de información, sino que también comenzamos a tener acceso a cantidades prácticamente infinitas de inteligencia. Una inteligencia artificial disponible bajo demanda, capaz de generar análisis, estrategias, informes, propuestas y recomendaciones en cuestión de segundos.

Durante siglos, tanto el conocimiento como la capacidad de análisis fueron recursos escasos. Hoy, por primera vez en la historia, cualquier persona con conexión a Internet puede interactuar con sistemas capaces de realizar tareas intelectuales que hasta hace pocos años requerían formación especializada, experiencia acumulada y largos procesos de trabajo. La magnitud de este cambio es difícil de exagerar.

Estamos acostumbrados a pensar la Inteligencia Artificial como una herramienta tecnológica más. Sin embargo, quizás estamos frente a una transformación mucho más profunda. Por primera vez, la capacidad de producir razonamientos, sintetizar información, identificar patrones y generar alternativas deja de estar limitada exclusivamente por la inteligencia humana disponible. La inteligencia, al menos para determinadas tareas, comienza a convertirse en un recurso abundante.

Y es precisamente aquí donde aparece una pregunta que, a mi juicio, todavía estamos discutiendo poco. Si el problema que describía Simon era la escasez de atención frente a una abundancia de información, ¿cuál será el desafío cuando la inteligencia también deje de ser escasa?

No tengo una respuesta definitiva. Sin embargo, creo que ya podemos observar algunas señales. Cada vez más profesionales utilizan Inteligencia Artificial para actividades que históricamente requerían reflexión, análisis y elaboración propia. Investigadores la utilizan para explorar literatura científica, emprendedores para diseñar modelos de negocio, consultores para formular estrategias y estudiantes para desarrollar trabajos académicos.

No considero que esto sea un problema en sí mismo. Sería absurdo rechazar una herramienta capaz de amplificar nuestras capacidades. La cuestión relevante es otra: ¿qué ocurre cuando comenzamos a delegar de manera sistemática aquellas actividades que tradicionalmente contribuían a desarrollar nuestro criterio?

¿Qué sucede cuando dejamos de formular hipótesis porque una herramienta puede generarlas por nosotros? ¿Cuando dejamos de analizar alternativas porque un sistema puede proponerlas en segundos? ¿Cuando dejamos de enfrentarnos a la dificultad intelectual porque existe una respuesta disponible de manera inmediata?

No se trata de una crítica a la tecnología. Se trata de una pregunta sobre el desarrollo humano.

La ciencia, la innovación y el emprendimiento no avanzan únicamente porque las personas disponen de respuestas. Avanzan porque existen personas capaces de formular buenas preguntas, desafiar supuestos, conectar ideas aparentemente inconexas y sostener procesos de reflexión profunda durante largos períodos de tiempo. Esas capacidades no aparecen espontáneamente. Se desarrollan mediante la práctica, y aquello que dejamos de practicar, inevitablemente se debilita.

En MICHA —Modelo de Inteligencia Colaborativa Humano-Artificial— hemos comenzado a estudiar este fenómeno bajo el concepto de Delegación Cognitiva, entendida como la transferencia progresiva de actividades intelectuales hacia sistemas probabilísticos cada vez más sofisticados. No creemos que el problema sea la Inteligencia Artificial. El problema sería utilizarla sin preguntarnos qué capacidades queremos fortalecer y cuáles estamos dispuestos a delegar.

Porque si la información dejó de ser escasa y ahora también la inteligencia comienza a ser abundante, el recurso verdaderamente escaso podría ser otro. Podría ser nuestra capacidad de juicio.

Me refiero a la capacidad de distinguir lo relevante de lo irrelevante, cuestionar respuestas aparentemente correctas, identificar errores que nadie más ha visto y actuar responsablemente en contextos donde no existe una respuesta evidente. Son capacidades que adquieren más valor precisamente cuando la información y la inteligencia se vuelven abundantes.

Quizás por eso la conversación más importante sobre Inteligencia Artificial no sea tecnológica. Quizás sea una conversación sobre cómo queremos trabajar con sistemas cada vez más inteligentes, qué capacidades queremos preservar y cómo mantenemos al ser humano al mando cuando las herramientas se vuelven extraordinariamente competentes.

En MICHA hemos comenzado a llamar a esta discusión Gobernanza Cognitiva. La pregunta ya no es si utilizaremos Inteligencia Artificial. Esa discusión, en gran medida, está resuelta. La verdadera pregunta es cómo queremos utilizarla y qué tipo de relación queremos construir con ella.

Sospecho que la respuesta tendrá consecuencias profundas para la investigación, la innovación, el emprendimiento y el desarrollo de nuestras organizaciones durante las próximas décadas.

La Inteligencia Artificial está convirtiendo la inteligencia en un recurso abundante. El desafío ahora es preservar el juicio.

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